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La silla de enea

Julio 13, 2008

LA SILLA DE ENEA

 

Recuerdo una terrible silla que de pequeña veía en mi aula del colegio. Impartía  clases la maestra llamada “Sinteticas”.Todas la llamábamos así  porque parecía lisa dentro de su hábito de monja. Era una silla de enea. Situada a la derecha de la puerta de la clase. Durante el día, si yo iba hacia la papelera para sacar punta al lápiz, miraba la silla y tenía presente que mi actitud debía ser impecable. La maestra no quería que mirásemos hacia otro lado que no fuese las tareas de nuestra mesa. Debíamos estar concentradas y la libreta limpia, por si acaso. Nos dejaba hablar. Levantábamos  la mano para pedir permiso, pero sin interrumpir un momento de explicación.

 

Tras una larga jornada de clase, en el que la  silla permanecía vacía, la maestra se sentaba y nos miraba a todas sin decir una palabra, sin una expresión que nos indicara su estado de ánimo. Con el dedo índice sobre sus labios, recordaba a quienes nos había llamado la atención durante el día y luego nos señalaba sin decir el nombre: tú, tú, tú y tú. El marcarnos así indicaba que nos pondríamos en fila a su lado. Ella se sentaba en esa silla. Una a una, nos tumbábamos boca abajo sobre la maestra y, luego nos levantaba la falda del uniforme para darnos un cachete en el culo. Siempre lo hacía igual, mecánica y fríamente. El resto de compañeras lo observaban en silencio “para aprender la lección”, como nos repetía continuamente.

 

No estoy segura de las veces que tuve que pasar por esa experiencia. La fama de la  maestra “Sinteticas” ya nos daba pistas y nos ponía alertas. Lo que no puedo olvidar es  unos años más tarde en la fiesta de “La Hoguera de San José”.Todos los vecinos del barrio se congregaban alrededor del fuego con actividades y un castillo de fuegos artificiales al terminar la fiesta. Era costumbre quemar lo viejo e inservible que hay en cada casa. Mi madre se desprendió de una vieja silla de enea. Parecía la de mi terrible maestra. Disfruté mucho todo el tiempo que duró la hoguera: la intensidad del fuego, el sonido de las chispas y hasta sus cenizas la hicieron desaparecer.

Un gran sosiego que cada año evocaba en la fiesta de San José.

                                      

Esperanza Hernández